28.7.08

Salón Toth Oral. Primera Inseminación.

Julio Azcoaga en su gabinete espagírico de Hudson

Con esta entrada al Salón Toth Oral, se abre el recorrido por tres recámaras sucesivas, anticipaciones de una muestra ligada a la escritura orbital, diagonalífera: poemadomante y sin domeño, de parte de tres manos mágicas que faltan a clase: Julio Azcoaga, Lucio Arrillaga y Juan Salzano.
Dejamos pasar en primer lugar las dos páginas iniciales de Año Nuevo, por Julio Azcoaga, narración espumante con desbordamientos vegetales, olas estelares junto al lago, donde la fibra aérea de la bikini gotea despacio médula abajo -una nínfula asadora, administrando devocionalmente las brasas-, carne jugosa del asado menos referencial, donde los jugos drenan hacia arriba, riéndose de la gravitación, oh Shakti balnearia.

El Totho


AÑO NUEVO

Llegué a la mansión con una botella de champaña, pasadas las once de la noche en víspera de Año Nuevo. Todo estaba en completo silencio. Encontré la puerta del jardín entreabierta y subí la vieja escalera de piedra invadida por las enredaderas. Comencé a caminar entre los árbles, pateando en mi avance matas de hierba humedecida, sin cortar hacía meses. A mi izquierda veía los ventanales de la gran casa saturados de luz y color, y más arriba la cúpula del viejo solar, colmada de luces, titilando entre la fronda de los árboles. Dentro de las habitaciones podían verse todas las lámparas encendidas, todas las palmatorias, todas las velas disponibles, pero no podía reconocer a nadie moverse adentro ni afuera. Ningún familiar, ningún comensal, ningún niño, nadie.
Mi caminata por el bosquecillo se prolongaba rodeando la casa, internándome aun más en la vegetación. La hiedras, que lo cubrían todo desde siempre, ya casi no me oponían resistencia. Daba zancadas precisas, hundiéndome entre las hojas, viendo parpadear las luces de la casa entre los troncos de los cipreses y los robles y las magnolias y los tilos que iba esquivando en la oscuridad.
Observé la magnificencia de la casa, una fachada rústica y en decadencia, plenamente iluminada, con rastros de metralla y un bosque que se la devoraba día a día. Sin perros guardianes, sin rejas, sin patrullas, una casa solitaria e indefensa, con descascardaos salones para danzar y altillos donde montar laboratorios y gabientes de botánica, con pequeñas recámaras para practicar ejercicios de música una y otra vez sin ser visto ni oído, entrepisos con cuadros descolgados y pesadas cortinas para esconderse y tener aventuras románticas, habitaciones de huéspedes donde alojar poetas que vienen a recuperarse de la mala vida de la ciudad, recámaras secretas donde alojar fugitivos de la ley donde pudieran enardecerse en tranquilidad y escribir sus artículos clandestinos, una terraza donde ver la caída del sol en silencio detrás del arbolado suburbio, una biblioteca con libros sobre comunismo y colecciones soviéticas, una estancia con alfombras persas y sillones donde hacer reuniones secretas y conspirar, fumando y bebiendo café, con hombres y mujeres venidos de la ciudad.
Observé la fachada iluminada entre los árboles, sin detenrme, como el envoltorio de un faro solitario que parpadea sin un fin. Y vi esa voltura incierta que me encandilaba más allá de los árboles, y por un momento supe lo que ocurría adentro de ese cuerpo macizo y abierto con luces, logrando traspasar recámara tras recámara vacía, insuflándome como una ráfaga, orientándome térmicamente hacia el núcleo, un gran salón resplandeciente, atestado de gente comiendo jamón con melón y carnes frías con aderezs y ensaladas vistosas, y bebiendo vinos y jugos, y fumando y bebiend apertivos y cocktails, y hablando animados a lo largo de varias mesas unidas entre sí. Y logré verlos, desplazándome lentamente sobre las mesas. Sin ser percibido, navegando sobre el inmenso salón en una onda azulina, lentamente, a la altura de los candelabros, traspasando las llamas, casi rozando el pico de las botellas con la estela de mi exhalación, como si estuviera muerto, como si quisiera beber, permeándme en todo lo que allí ocurría. Luego sentí que no podría extender mucho más esa aparición, que me faltaba el aire, y el desprendimiento comenzó a deshacerse, retrayéndome de la voltura de la casa otra vez hacia el bosque, en una inhalación que relampagueó en mis costillas y me hizo toser convulsivamente.
Me tambalee sofocado, abrazando el tronco de un ciprés, y la botella de champaña se me deslizó del puño, rompiéndose contra las raíces del árbol. El precioso líquido se derramó generando un espumarajo espirituoso entre las hojas de hiedra y los vidrios, hasta que el suelo se lo tragó.
Cuando volví a recuperar el aliento, todavía encandilado por las luces de la casa, busqué internarme aún más en el bosque. Mis pupilas se expandían, agradeciendo la oscuridad bajo el follaje. Me iba alejando de la casa en dirección al estanque, esquivando las ramas, tanteando los troncos caídos, disolviéndome en el bosque. Pronto comencé a oir el canturreo de las ranas y los grillos. La tranquilidad era total. Podía sentir algunos murciélagos surcando las aberturas en la vegetación. Podía oir algunos animalejos apartarse de mi senda escabulléndose entre las enredaderas. Podía oír el ronroneo de las comadrejas amamantando. Podía oír el suspiro de los búhos entre las ramas bajas. Podía oír mi propia respiración.
A medida que me internaba adentro de la espesura, mi respiración se hacía más y más lenta, y mis pupilas inmensas se dejaban impregnar por las sombras.
Sólo unos pequeños parches de cielo se inseminaban entre la profusión de hojas. Sin embargo, al llegar a la orilla del estanque, el cielo nocturno se abrió paso entre los árboles. Algunos fuegos artificiales cruzaban el cielo y se reflejaban en el agua. No tenía reloj, pero sabía que debían faltar pocos minutos para las doce, para el brindis, la pirotecnia, los abrazos, el Año Nuevo estaría muy cerca.

Continuará …

Julio Azcoaga

22.7.08

Por encargo: 007 FINE

Debido a que en la Estación Omegalpha recibimos mails de simpatizantes que pidieron la continuación del relato iniciado en el post previo, aquí va la segunda fase con su final de segunda selección.
Este relato, tras diez años de letargo, vuelve a aparecer entre nosotros para volver con similar rapidez a su incubación forestal, nadie sabe hasta qué señal o portento, venida de rAhAn y sus cometas.
Con curiosidad infinita,
Sor Lalita


007 y Vero
(continuación)

-Por ejemplo poníamos en peligro a James- dice Niko en su primera intervención testimonial-, inclusive desde lo más trivial como era la obligación de identificarnos en tantos puertos: perdería así su anonimato de veraneante, se acercaría a las Antillas y sería capturado por el sol del próximo film o por films del pasado, además de recapitulaciones de su heroísmo menos marica. ¿Volvería de un día para otro ese impostado campeón de las mujeres, súbitamente re-despertado por la necesidad de una actuación inmediata para la salvación de Vero, con el peligro que implica arribarse con todo, velero y amantes varones, al Caribe que lo pide y reconoce?
-Aquella noche en el bar Lesbos, cuando conocimos a las dos- vuelve James a la noche clave-, sentí que lo de las mujeres conmigo, lo de ellas con el de la serie, podía ser real sin cámara delante ni zooms de aproximación, podía emocionarme ante esa noticia inesperada de mi cuerpo, enaltecido bastante. Había tomado mucho a las dos a.m., a esa hora temprana estaba ebrio y lúcido, ultradicha a vapor, pero ante cualquier duda: satisfecho por el ácido pontificial -póntico y solar- comprado al salir, y en esa combinatoria de estimulantes bailé todas las cosas, desde un melódico hasta un renegado, mientras ella se contorneaba, desenfrenadora de corrección y de erecciones diseñadora, rebuscándome el amperaje suyo desde abajo aureolando su irradiancia naranja, de camarón bajo el agua ... Me lo tomé en serio (fue mi chiste), la rodeé con la seguridad que dan los momentos de inercia deslumbrante, le dí una pared para tostarse el aura, esperé al segundo el resultado y se tiró contra la laja encendida, con su blanda médula serpeando despacio, le dije entonces que estábamos muy cómodos, pero que en la playa, con la luna que espoleaba, estaríamos mejor. Y sé que luego, sobre esa alfombra de cebras dinamizadas, Leonel nos vió.
Leonel no dice ni fuma.
-Cayena es tan maravilloso- comienza Niko, desviando con entusiasmo-, su restaurant marroquí con tragamonedas, sus chicos-chica atendiéndolo, las cosas preparadas para el trío único ... Todo esto hizo que James se volviera sobre nosotros más que antes, más inclusive que en el Cabo. Volvimos sobre lo que se había arreglado para las vacaciones, sin distraernos con las groupies incidentales de siempre. Salimos entonces varias noches, Leonel, James y yo, nos dimos cuenta que el Casino nos hacía olvidar de las dos chicas, de Déborah que aguardaba la cuadratura de su venganza, de Vero que esperaba el triángulo de resurrección en la selva. Una semana entera en las manos del crupier flageló el ánimo de Déborah, ya que dejábamos a Vero catatónica en un cofre de mimbre, oteando entre las ranuras, de manera que gracias a estas desatenciones deliberadas nos encontramos frente a una situación que preferiría la relatara un criminólogo.
-Estábamos en la habitación ventilada del hotel (ventilada por el viento cósmico de la siesta)- dice James- y teníamos, desde hacía días, el cadáver semitieso de Vero bajo la cama matrimonial y dejábamos a Déborah vigilando a la momia pulsante. Nosotros, hacia el anochecer, solíamos regresar muy excitados: buena levantada de dinero y bromas agrias en las cercanías de la zombie. Y sino recordá, Leo, esa rima estúpida que escanciaste al mirarle con falsa compasión el humoso ojo izquierdo entreabierto: "Una zombie es la mejor esclava: con un ojo te guiña y con el otro te da fuego".
-Sí, yo lo recuerdo- dice Vero y se resume en la mudez.
-Sigo: esa tarde tan de siesta abrasadora, estábamos afiebrados, bien pedantes como latinos ricos a mediamañana, con las colonias alcoholíferas quemándonos las nucas. Pero vimos, que además del chiste, eso de estar gozosos era el colmo para la lésbica viva, jamás podría aceptar nuestra frescura si a la vez teníamos a Vero resecándose en su catatonia inducida, disfrutando nosotros de ganancias y pérdidas y de franca homosexualidad recuperada. Aquí es entonces donde se dió entrada el espíritu de venganza en el cuerpo de Déborah, el film de 007, el stress revisitado: esa misma mañana ella disparó sobre Leonel y lo mató. Yo: grité a nadie, a cualquiera, y una bala de mi Smith hacia Niko (sin notarlo, sin desactivar muy bien el automaton) porque él, sin dudarlo, sacó su arma y le disparó a matar a Déborah y no quise que lo hiciera: entonces le disparé (nunca a matar): lo maté sin embargo, mi Smithy mi calibre de esclavo recuperado.
-Bien lo recuerdo- interviene Niko, sin remordimientos.
-Entonces quedamos: yo vivo, y ella, Verónica, semiviva en su trance de suspensión. Los demás muertos en una sola jugada con tres cámaras.
-Es fácil, ¿no? -dice Vero-. Se debe entender así la evidencia de mi victoria: llevarme a James a la selva, internarlo conmigo, hacerlo mío desde la vida suspensiva, comandarlo desde esta inmovilidad sin embargo acechante. Véanlo ahí entonces llevándome hace unos meses, hacia una de las primeras reservas de susurradores de árboles, mi victoria secreta y personal contra Leo y Niko ...
Vuelvo -dice James- a esa noche fundamental de la llegada al bar, porque es útil recordar cómo daba la luna en los torsos y tabiques nasales de Vero y mío, rodando en la orilla hacia la primera espuma del alba, porque esa belleza tatuada en todas las epidermis de la hora determinó su decisión –la de Leo– cómo un brillo demasiado exasperante por lo bello que deja tan aparte, puede inclinar la inyección del veneno. Y fuimos, después, a caminar con Vero, por esas playas abrumadas, aún con luna no se veía más que una lechada metálica pulverizada a la millonésima, y Leo, Leo estoy seguro que nos seguiste ....
-Estaba con Niko- dice imperturbable -.
-El asunto, entonces -continúa James, reorganizándose-, es ponderar los efectos fotográfico-afectivos de la noche en la decisión de Leo, como una determinante fundamental de su extravío.
-Mejor continúe con esas sus comprobaciones de esa noche- le digo, evitando su pavoneo poetizante.
-Ella sabía que yo era 007, que deseaba pasar unas vacaciones especiales y que ella las enrarecía. Y sabía que uno de mis acompañantes era un brujo, porque lo vió, me dijo, persiguiéndonos por la playa, dándonos alcance con su voz cansada corriendo agazapado y rodando y vibrando: "Taphtartarath", a la carrera y a los tropiezos. Luego Verónica agregaría otras palabras que mediumnizaría como en una suerte de sopor sexual, aunque yo intuía una significación banal o un nonsense de sibila.
-Es decir que se quiere colar un trabajo de brujería- murmuro -.
-Yo jamás lo fui- se defiende Leonel-, jamás fui brujo sino observador de brujos, lector de buhoneros ...
-¿Creer o no creer en la alucinación? -le pregunto, auscultando-.
-La alucinación es lo de menos- improvisa Leo, divirtiéndose un poco-. Aunque por ejemplo, si el sol, cualquier sol, da de golpe en el cóncavo del ojo, no se puede sino acusar recibo, por ceguera, de la existencia palpebral de ojos de Horus en las células, entre los bastones y conos, que hace deponer la vista a favor de un celuleo fotosensible y móvil. El ojo tiene sus propias ideas y planos, claro, que haríamos muy mal en llamar alucinaciones.
-¡Es una respuesta bruja! -afirma Déborah-. Creo, y esto sólo por una obsesiva observación de mi enemigo, que un practicante se evidencia por una confluencia de estilos que van desde un desmesurado ejercicio de lo mímico-gestual (y los mimos quedan afuera de esta furia), recogimientos súbitos en una ajenidad vacante atravesada de fragmentos en colisión provenientes de otras dimensiones, un arte de la cháchara artificiante o lengua de enroscamientos, argoticerie, aunque no por capricho aleatorio sino por exigencia de la miríada de colisiones entrevistas (a las que ajustan la cuerda), como se demuestra en la respuesta-bruja antedicha. Se responde a lo preguntado más por un milagro tangencial de la hiperbólica del fuego, que por una concentración desbrozadora en el punctum. Dígase: para un brujo todo punto es un ovillo o enredadera.
-¿Huir o no huir de las noches de la selva?- le pregunto.
-Por ejemplo: si la selva está en el punctum (como sugirió la exagerada), no hay forma de huir de la selva aunque sí de embrutecerse. Y si las noches de la selva son rechazadas es apenas una forma trabada de registar sus potencias. Pero la noche de la selva es el imperio de la huida: quien entra a ella huye creador en la huida.
-¡Responde por fórmulas!: es brujo- insiste Déborah mientras Vero suspira tras la mortaja, acongojada.
-Yo soy la momia de este rito -dice Vero, resurgente de quebrada voz-. Soy de la catatonia herbal pero poseedora de James en la selva de baobabs. Mi brujería accidental se volvió más injerente que el praparado chamanismo terciario de Leo: 007 se autoencanta en la selva de Cayena con el dios inmóvil de mi cuerpo, al que ya no quiere -¿no es cierto?-, volcar hacia la cura de los heterodoxos. Mi cuerpo (y ya no sé si hablar de "mi cuerpo" o de una pieza hipersensual) es un receptáculo tan perfeccionado, perfeccionado por él, por sus lentos ataques devotos durante las madrugadas, que no puedo sino dar paso a una desimplificación efectista del concepto de victoria -de victoria parcial, la única que existe-: vence quien enrarece lo existente pero éste es vencido por el que existe en el raro y desde allí vincula. ¿Hay algo ahora que me describa mejor? Y James va de las series antillanas a nuestro refugio como si estuviera regalándose un Tarzán del alma, y del refugio en-la-de-nuevo-maraña, un templo casi, hacia el set caribeño, claro que renovado, no tanto por saeta de amor como por saberse, como antes nunca, un humano tomado por algo tibio y palpitante, ¿una deidad afro, James?
-Bueno ... -balbuye el trinúmero- ... sé que es frecuentada por otros en la selva, se puede argüir que por un trato explícito de cuidados en mi ausencia, pero ante todo los heterodoxos la tocan porque la presienten como una diosa semiviva de un lado y del otro una diosa sin lado oscuro, pero con reveses anfibios, casi con un consumado plus de gemidos o respiración sibilante, es decir sibila además y como si poco fuera silbadora. Ellos, los de selva adentro y sexo afuera, la llaman Fizz por onomatopeya de la respirante, y la construcción heptagonal en la que yace -y yacemos juntos los fines de semana- es hoy un lugar de arribo para los ocho o diez del asunto. Así que Leo: tu brujería es nada comparada a esta fábrica.
-Sin embargo nos extrañás- dice Niko, a media voz -, y te arrepentís aún ahora de haberme matado y digo que más que la brujería de Leo, lo que aquí es juzgable es la completa vulgaridad de tu asesinato, ya un índice de decadencia como 007 envidiable, el que se suponía de mayor envergadura por la prestancia para el error evitado.
-Sin embargo me presto al error siempre que puedo- replica James -, y me libro a ese riesgo para templar mi estilo, lo que significa que nunca me entregué a lo versátil coronado para evitar el error, sino por educir un plan de naturaleza en una espesura que abomina los senderos: allí no soy 007 sino que al cero triplico.
-Decí que sos puto- dice Leo, sin más cohartadas.
-James no es puto ni casanovas- interviene sin ahorrarse veneno Déborah -. Es algo menos que una cifra o un nombre, algo más que un potro. Es un puro tono.
-Hable del culto- le digo a 007.
-Primero se ve el cuerpo de la diosa y se lo reverencia respirándole los vapores, entonces las velas las enciendo. Segundo se hace de la piel una gnoseología del tacto, emparejando el platillo del temor con el del vértigo, conocido por los que mejor temen. Tercero se la labializa, se la besa con palabras de poder extraídas del temblor de los labios, luego se la inclina de un lado y otro para dorarla con el almíbar salival del ofita. Cuarto, quinto y sexto: se improvisan, a cuenta del talento y la técnica adquirida, modalidades de intercambio y absorción de escamas adeneicas por vía de sexo anorgánico. Séptimo y último: se habla bajo la forma de un parlamento de lengua suelta u argot, se anotan o graban los fraseos, pero también ella contesta, abre más y más las sintonías hacia los cosmicadenos nutrientes de los channelings eteristas.
-Bien: listo entonces para educir los elementos del veredicto- anuncio al final, cansado y rendido-. Los imputables son: 007, por asesinato y consumos afuerígeras, seguro. Leo: por envenenamiento y práctica ilegal de la brujería, también. Déborah: por asesinato, y Niko ídem. Ok. Y Verónica: por fomentar cultos espúreos estando muerta. ¿Está claro? Así es que como juez orbitador que se autoconvoca, los declaro muertos al instante, pero con tres segundos finales de hablalia.
-¿Qué es la muerte, Vero?- pregunta James.
-Una ausencia ininterrumpida de series.

NaHaR rAhAn, 1998 ®?

21.7.08

007 RECARGA AQUÍ

La Estación Orbital Alógena captó desde su terraza el pasaje del cometa de la década anterior, Nunca nunca quisiera irme a casa, Nº2/3, Enero de 1998, que al dar su segunda vuelta sobre Buenos Aires tras años de no regar estos meridianos, dejó caer un fragmentoide del relato que allí se publicara, 007 y Vero, de NaHaR rAhAn, en aquel entonces llamado por otro de sus nombres falsos. Cabría recordar que aquel descorchante número dejó brillar en su primera página el poema Cinco plantas en un patio, de Reynaldo Jiménez, el hit Soltera Universal, de Gaby Bex, y el acezante Arca de Poe+, por Manuel D'Onfrio, entre otros hits de semejante destape.
En cuanto al libro de relatos de rAhAn, ¡Santas Incubaciones!, en el que se incluye este relato, parece encontrarse ojeado -bajo estudio- por una editorial cuyo nombre es una homofonía cabalística de Delfín. Con ustedes, otra vuelta de espuma.
Sor Lalita, Estudio Omegalpha.



007 Y VERO

-Comience.
-Bueno ... estábamos sentados en la playa para siempre parecía, con Niko, Leonel ... Leonel el antropólogo venezolano con demostrados conocimientos de la zona, en cambio Niko el coreano hijo de coreanos, los tres veraneando por vez primera juntos, ellos y 007-el-que-les-habla en el Cabo de vacaciones, con el dinero necesario para una homosexualidad sin asma, con miras a una inproyectada intensificación de otras congestiones: de sol, de aire nebulizador. Estábamos dispuestos, según las exigencias de la epidermis del día, a dar lo más inesperado por cada trago y por cada mesa bajo el astro solitario. ¿Que qué escuchábamos durante esos días para remar de una vez en la acuarela de época? Nos alimentábamos de las gratísimas ligerezas de Pizzicato Five, ese combo musical de japoneses rientes queriéndose más occidentales que los neoyorquinos que desconocen. Y reposeras no faltaban sobre la playa mientras nos bebíamos el clima: parecía que nos íbamos a dormir. Pero no lo permitíamos, hasta nos dañábamos el descanso para gozar a un máximo de nuestros ténues delirios a la sombra, bajo las sombrillas o paracaídas: el sostenido lentificarse de nuestros cuerpos, las fiebres por alfilerazos de las coordenadas de latitud. Estábamos, de todos los modos posibles y sabiéndolo, interrogándonos por nuestras ganas de hacerlo ahí-ahora al recién llegar, ni siquiera esperar el yacht, el paseo con los peces, el buceo, el erotismo de ánades. Se regalaba a toda hora lo que Niko llamaba el helioestar, la tibieza del meridiano balneario hecho con materiales de refracción únicamente, y con una presencia extensa y cegadora de soledad amarillista, las banderolas de los bañistas aleteando a lo lejos como barriletes atados, mientras Leonel y Niko hablaban del mar, de lo bueno que sería entrar hambrientos y tragarse a quijadas abiertas los peces, ya salados, tan frescos por el batido de espumas. Esto acababa de convencerme de la buena elección que había hecho para mis vacaciones, estos dos acompañantes casi desconocidos y chispeantes, las recetadas sales de uva.
La casa estaba atrás nuestro y más atrás y encimado el sol de las once de la mañana, dentro de su anillo efervescente en el sector de un celeste anti-nubes que empezaba a expandir su poder hacia el mediodía del cielo y de nuestra vida de treintenas. La idea de una veraneo alejado de los veranos fílmicos me comprometía, en lo más inmediato, a un roce con una poesía de costas, otra vez, aunque en lo posible con un amplio espectro de soledad difractante de mediamañana marina. Pero detrás nuestro no sólo se nos colocaba la casa y el sol, sino la noche mesmérica -latida como caserío norafricano- del Cabo, comenzando así a desvivirnos en el revés de esos días pelumbrantes, habitués de un bar de lesbianas artie, compañeros de risas con dos de todas ellas (se nos asemejaban complementariamente, a mí y a Leonel), una de ellas que hablará como la mejor amiga de la bisexual iniciadora del presente proceso, de todo lo que anudó la soga vital de las vacaciones, esta amiga -Verónica- comenzó a seguirme como quien confunde una campanada con una invitación, una inclinación con un interés, de manera que habla ahora su amiga viéndonos llegar a las doce de la medianoche al salón.
-Tres guapos de diferentes países –empieza Débrah– siendo uno de ellos ese tal James, pero deseándose todos por igual tan sanos como la mañana de sol de la que provenían, tan bronceados como los europeos que más eurolatinos se desean, pero ellos solos, sin hablar con nadie aunque versátiles, con sus miradas de afelinados por brisas amorosas, el inestimable latino del alma con posavasos. Leonel se dejaba ensimismar en la optimización de su amaneramiento gestual, Niko se deshacía en su geisha interior -de provincias- a la Lacoste, mientras James se desenvolvía como el penetrante del grupo, el que daba que imaginar a las mujeres. ¿Alguien sabrá por qué Vero comenzó a subir y subir la música del bar nuestro (de todas las nosotras) invitando a James a bailar, para rodearlo con envoltoria habilidad de inspecciones y arabescos harto evidentes? Verónica entregada a qué deseo al imaginarse de la partida de 007, al inmiscuirse, muy pronto y conmigo, en su triángulo de vacacionantes. Bailamos a más no poder porque a pesar de mí y para no verme rebajada me mostraba histérica, muerta de James o de alguno de sus novios para el viaje. Pero no fui yo, Déborah, ni tampoco mi amiga del mejor short, quienes reforzamos el peligroso estímulo de lo anti-vacacionante en James, el stress por amenaza de la serie o del film, un 007 enlazado sí o sí a su fatalidad de personaje. Sin embargo y sin sospecharlo en aquel entonces, estábamos incitando a que el antropólogo Leo, en lo más reconcentrado de su sobreprotección amorosa y venezolana (su azuquítar), se transformara en quien efectuara la matanza nigromante de una belleza del Cabo, parecida en algo a las modelos, pero de carne lésbica: Verónica misma, por haber interferido con tanto descaro en el triángulo masculino.
-Esto quiere decir –interrumpe Vero- que Leonel se entrenaba en faenas venenísticas con vegetales y hongos catatonizantes, muerte en puentes colgantes y mi vida, desde la que hablo en este suspensor indeciso, echada a la musitación de motor inmóvil.
-Leonel, a diferencia de Niko- sigue inmiscuyéndose Déborah para el dato vicioso-, seducía a James mientras cocinaba, caricias y circulaciones analgadas y en particular un buen rato de plugged extático coleteando como peces antillanos frente a las hornallas, envenenados por una risa autoparódica aunque gozosa, cocinando por ejemplo: nada, cóckteles de langostinos. Leonel además, que no prefería el deporte, se entregaba a una molicie insinuadora de saber antropológico, tanto por terciario como por poco sofisticado, de ritos de droga y narcolepsis en las culturas del amazonas interior. En unas palabras: se imaginaba una especie de iniciado con capacidad para dar charlas.
-No te expresás con claridad- le lanza Leonel, tocado.
-Pero escribo desde hace rato, ¿sabés?- se defiende Déborah -. Desde por lo menos los ocho años cuando ni soñaba con el bar costero ni con Vero en el mar. Pero bien ... la cuestión es que estoy perdiendo el hilo ... esto que no acaba de condensarse en el momento clave, así que James:
-En verdad os digo –exagera el numerado– que no sabía qué iba a hacer Leonel por lo mío, por mi tan impremeditado flirt, pero quería bailar con Verónica, quiero decir: alcanzar el kirlian de sus calzas delante mío, la térmica del trans. Era bambolero el minuto de ese muestreo, el bolero inexistente aunque imaginado que iba tocándola, sugiriéndole las orlas flamígeras de un ocho circulatorio, tratando de despertarnos el multisexo ponedor, y ninguna noción de lo que se dirían entre sí las locas sin sendero que nos rodeaban al bailar, ya casi desnudas por sus movimientos flabelíferos, rociadas por un néctar dulce (el pálido amor entre ellas), pero como si yo también lo libara, lo palpara contra el sol, de frente, cadereando descalzo hacia el convite: calcinado, hecho de risas: fuego, el super-ascenso del mono interponedor, malabarista en Lesbos. Anémonas hubiera querido para ellas y compartir juntos mis más fuertes adicciones: las salidas a correr por la mañana pegado al disco rodador del sol, las aspiraciones de aire mercurial y sus pieles ionizadas, ¿entrenando para qué atletismo de sensación?
-Era mediodía de nuevo y nos habíamos embarcado en el yacht -sigue Leo cambiando drásticamente la órbita-, íbamos los tres alegres y se nos vinieron, a última hora, Vero y Déborah, como encimadas una sobre otra cual tótem centroamericano de balnearios, a caballito. Sabía, y creo que sabíamos, por cuál de nosotros iba una de ellas: la estudiante terciaria Vero, con su evaporación jovial de recién bañada, iba brincando tras el deshollinador fílmico.
-¿Pero no voy a continuar con lo más interesante del caso?- dice James.
-No creo que lo más interesante sea lo tuyo- dice apenas sonriente y protocolar Niko.
-¡Qué rápido se les cuela un juez cualquiera del orbe!- les digo y salgo -.
-Voy a interrumpir, sin embargo- dice Vero, definitiva-, con una observación o introitus: Así como eliminamos las peores pesadillas de caer en locura o desepeñe generalizado gracias a una zona de resistencia que es más milagrosa que voluntaria, así fuimos cayendo, sin voluntad y sin línea de resistencia posible, en el policial del viaje, que fue también el inicio de la locura: resulta que nos embarcamos en las afueras del Cabo, yendo hacia el Norte, cuando nos dimos cuenta el odio que dedicábamos horas en demostrarnos Leonel y yo, presumiblemente en su caso por celos desbocados, en el mío por desear él con desagradable ahínco mi aniquilación. Lo habíamos visto manipular, a la luz del sol y bajo un toldo naranja, hierbas que no se resumen en los colorforms del cannabis o semejantes, que sin embargo prometían otro inicio de adicción emprendedora, sin más distracciones, según decía. Tenía hecha su tienda de lona o laboratorio en la proa de la embarcación. Se sostenía allí abajo -porque íbamos en el puente- por generosidad del amplísimo sargazo que nos daba a toda hora en ese mar polónico. Lo veíamos manipular unas hilachas que despedazaban de delirios a James, que lo transportaban a una especie de dotada infancia de invenciones súbitas, en la que no tenía más remedio que estar solo por lo irrastreable de sus paradisos, y que en cualquier momento se volverían en su contra por intensificación de ese afueraestar, o bien y por desgracia de la captura: se orientaría todo el proceso a favor de Leonel, ya que James se disolvía en su trance y perdía toda influencia. Es justo, lo digo ahora, por esos calculados mix herbales que Leonel lograría matarme: ese era el favor que se harían a ellos tres, pensaba Leonel, al liquidarme: "Operación Liquidámbar", lo escuchaba musitar, lúdico y luctuoso, pero en realidad tendría que haber susurrado: "Operación Baobab", porque el único rechazante químico de eso con lo que planeaba intoxicarme, lo escondían, para su propio regocijo, unos médicos heréticos de las Guyanas, pronto inaccesibles en su selva al oeste de Cayena. Nos fuimos para allá entonces, con el yacht, cuando los demás descubrieron, a las tres de la tarde más inmensas e inmovilizadoras, que el antropólogo me había llevado a una muerte en suspenso sólo reversible por obra de un médico silvano, de los que él conocía por investigador venezolano y de joven mochilero, de modo que James lo obligó a captar, sí o sí, la urgencia de esa curación o heterodoxia, a pesar de la tranquilidad médica de Leonel: "Puede estar así durante semanas sin morir". Pero yo, Verónica muerta viva, sé que ese mismo día en medio del sargazo y del más celeste mar, en esa tarde solar y traslúcida de aguas vivas, Déborah se ofrendó cual receptáculo para una insobornable venganza en la popa: cedió grandes parcelas a su erosión en barrena. Ahora sí dejo a James entonces, adelantándoles mi triunfo en lo que refiere a la posesión del cuerpo de 007, desde ese triunfo hablo ahora, ya sabrán por qué, ahora un sitio a James.
-Yo voy a decir, antes- interviene Leonel- que conviene avisar que para ese entonces enloquecimos en el yacht, como si nada enloquecimos -que es como suele darse-, y que lo dicho por la zombie no puede ser usado en mi contra ya que estábamos en un punto de multidesdoblamientos sobre la cubierta, de separaciones entre nosotros mismos por diferenciales intoxicaciones con lianas, y era además que estábamos de vacaciones, no tenían derecho a interferir, Vero sobretodo, interferir en nuestras rebeldías menores. Tenía un sentido liberador y anti-asmático mantenerla en esa muerte y además era fácil revertirla: cuando se la quisiera de nuevo entre los vivos ... bueno, se la conectaba a un brujo de allá y listo. Pero el problema, James, es que quisiste de inmediato esa cura, te interesaste en la resurrección del cadáver antes que en la de nuestro trío desaforado, me di cuenta.
-¡Jah!, creíste que la ibas a sacar barata- dice la Vero-. Vos sin ninguna incertidumbre ni herida, ¿no?, mientras yo deshaciéndome en esa carne rígida que se desunía noche y día, atravesada de una casi tangible tierra y los huesos deletreándome el cartílago... Pero lo presentido: mi catatonia era victoriosa al captar así la atención de James, al desviarlo de tu curso para siempre.
-Siento que estoy pensando todo demasiado tiempo, incluso afuera de él – interrumpe 007, aunque bajo su propio continuum mediúmnico-; desde estas pruebas no más ese pensar por casos, esas cadenas se discontinúan obedeciendo al continuo sin cadenas ni argumentos, y hay, reconozco, mayor lentitud, pero lo logrado es una especie de avance dentro de un imperativo atmosférico del pensar. El cerebro: perros que se sientan a pastar, chacales alzándose contra los avatares médicos, llegando así a rondar un corazón, el hágase de la voz que viaja, una tierra demasiado fértil para el despropósito, demasiado pura incluso para mí, acertando cada vez más si digo que estábamos por aquel entonces con diagnóstico reservado.
... continúa ...

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